Nos despertamos esa mañana y un olor espantoso inundaba todo el espacio. Nauseabundos comenzamos a caminar por la habitación... cadáveres desparramados por todas partes. No entendíamos qué había pasado, tampoco teníamos tiempo de pensarlo, había que huír de ahí. Pisando con cuidado, salimos del recinto y el sol del mediodía nos daba de lleno en la cara. No podíamos recordar qué había sucedido, o cómo habíamos terminado ahí, sufríamos una especie de amnesia, y nos ardían los ojos.
Caminamos confusos por las calles adoquinadas, con la ropa manchada y nuestras caras estupefactas, ante la mirada despectiva de los pocos ciudadanos vivos que recorrían el lugar.
Nunca supimos fehacientemente qué nos llevó a terminar así, pero decidimos que en la próxima reunión de milimenses sólo vamos a tomar licuado de frutas.
Iván Stur.
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